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John Hamilton Potter (1777-1873) Permaneció en Cartago entre el 9 y 22 de diciembre de 1824 |
La ciudad sufrió grandes daños durante la guerra, debido a su ubicación de encrucijada, pues cuatro caminos convergen allí: el que partiendo hacia el oriente, conduce a la provincia de Mariquita y Bogotá, cruzando antes las montañas del Quindio; el que arrancando hacia el occidente, lleva a las ciudades de Citaria y Nóvita en el Chocó; hacia el sur el que va para Popayán, Pasto y Quito y por último, al norte el que comunica esta provincia con Antioquia.
A la mañana siguiente de nuestra llegada a Cartago recibimos la visita del juez político acompañado del alcalde y otros personajes. Entre ellos se contaba un francés, monsieur de la Roche, quien habiéndose casado con una dama de Cartago, llevaba veinte años de residencia en esta ciudad, donde había tenido numerosa familia. Este señor ocupaba el puesto de administrador de la renta de tabaco cuyo salario, según apuntó "n'était pas grand chose´´.
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Gabriel Ambrocio De La Roche Esposo de Florentina Marisancena |
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Antigua técnica de encaje de bolillos |
En Cartago se fabrican telas de algodón en pequeña escala con maquinaria muy primitiva y se tejen encajes por el mismo sistema del bolillo que se emplea en Oxford y Buckingham.
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´´Champán´´ (embarcación). Puerto El Guanábano. Cartago |
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Esclavas cargando agua .Imagen alegórica |
Fuimos a visitar a M. de la Roche en su casa, donde nos presentó a su esposa, bonita mujer todavía, no obstante haber tenido numerosa prole. Diez de sus hijos vivían aún con ellos. Vagando después por la ciudad, entramos a una de las iglesias en cuyo recinto vimos unos negros cavando una fosa para sepultar una mulata que acababa de morir y andando hacia el fondo, estuvimos a punto de caer sobre el cadáver que yacía allí en un ataúd descubierto, con dos cirios encendidos en cada extremo.
Se podía conseguir buen pan en Cartago, pues la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Había un carpintero que se valía de clavos hechos de granadillo, árbol cuya madera es sumamente dura y resistente. En mis paseos por las cercanías, tuve ocasión de ver nadando en las quebradas y en los pantanos, patos salvajes, cercetas y becardones.
Cerca de nuestra residencia en una casita muy pulcra, vivían en compañía de su madre cuatro muchachas, quienes a poco de tratarlas vinieron a ser excelentes amigas. Poseían unas pocas fanegadas de tierra donde mantenían dos vacas y todas las mañanas la madre nos enviaba una cantina rebosante de leche fresca. M. de la Roche me dijo que pertenecían a la familia de los Caycedos, una de las más ricas del Valle del Cauca. En una de mis visitas les oí silbar un trío con singular habilidad, fuera de que todas ellas cantaban con primor aires españoles, acompañándose con la guitarra. A estas habilidades añadían la de nadar muy bien; un día las vimos cruzar a nado el río de La Vieja.
Las gentes del pueblo tocan un instrumento que llaman Alfandoke, hecho de madera hueca de un árbol conocido con el nombre de mano de león. Dentro de la caja resonante ponen pepas de una fruta llamada chakera. Al agitar el instrumento las semillas producen un ruido no del todo desagradable, con el cual hacen acompañamiento a las guitarras. La carrasca, que también suelen tocar, hace en cambio, un tremendo ruido en manera alguna melodioso. Se la fabrica con madera de álamo negro, en la cual se cortan varias muescas por un lado. También tocan en Cartago el tiple, que semeja una guitarra pequeña.
Al día siguiente (20 de diciembre) vimos en la plaza central un cortejo fúnebre precedido de flautas y tambores en medio de cohetes y pólvora de artificio disparados por la muchedumbre. Al inquirir la causa de una conducta, al parecer tan absurda, se me explicó que se trataba del entierro de una niña hija del cuñado del juez político y que siempre era causa de público regocijo la muerte de una persona antes de llegar a la edad adulta, pues así disminuía la posibilidad de cometer pecados de los cuales tuviera que dar más tarde cuenta a Dios. Al encontrarme con el padre de la criatura difunta me dijo muy sonriente que su mujer ya había cuidado de llenar el puesto que había quedado vacante.
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Antigua costumbre en sepelio de infantes. Dibujo de Ramón Torres Méndez. 1852 Biblioteca Nacional de Bogota |
Fuente: banrepcultural.org