jueves, 13 de diciembre de 2018

AGUINALDOS EN CARTAGO 1825

Siempre será grato al espíritu de los entendidos y de los estudiosos el evocar aquellos pretéritos acaecimientos del más puro y acendrado sabor local, que en más de una ocasión inolvidable sirvieron de pretexto para el buen humor y el sano esparcimiento no solo a las capas altas de una sociedad selecta, que también a un pueblo culto que de tiempo atrás venia preparándose para el fiel y acertado ejercicio de la ciudadanía, con la culminación de las gestas de la independencia y el estreno de las nuevas orientaciones de republicana procedencia.

Tal ocurría en la señorial ciudad de Cartago que para la época de aguinaldos se convertía en centro de atracción de los pueblos y localidades circunvecinas y en foco de irradiación de todas aquellas actividades encaminadas a la digna celebración de la novena y nacimiento del Divino Infante. Al repasar –con amorosa dedicación- aquellas crónicas que nos legaron los escritores de remotas calendas y los cultores de las buenas letras, no podemos menos que sentir una infinita nostalgia, porque nos damos perfecta cuenta de que nuestros antepasados –en otro medio y con menos recursos- se divertían mejor con toda la plenitud de su entusiasmo y de su espíritu alegre y jovial. Comprobar, por ejemplo, como por ese entonces, la ciudad se vestía con sus mejores galas y como todos sus habitantes se sumaban a los bandos o grupos que con la debida anticipación tenían a su cargo la organización de la novena de aguinaldos, las cenas y fritangas al estilo santafereño y el reparto de las cuadrillas de disfraces que ponían un toque de calor y alegría con el alma de la ciudad confiada y dormida, es obra de suyo complaciente.

Seria tarea por demás larga y dispendiosa el relievar aquellos lejanos acontecimientos, por lo cual solo trataremos de referirnos a dos casos concretos. Tratase de las apuestas de aguinaldos concertados entre el doctor José Vicente López y doña María Ladrón de Guevara y entre don Francisco María de Cerezo con doña Josefa Salazar y Rodríguez, jóvenes todos del más rancio abolengo español y quienes más tarde habrían de ocupar destacadas posiciones en los campos intelectual y social. Tales apuestas, previa las formalidades de rigor, se concertaron para la noche del 22 de diciembre de 1825.

Terminados los oficios religiosos en la iglesia Matriz de san Jorge, los grupos de damas y caballeros asistentes, se trasladaron a las residencias particulares –previamente acordadas- con el objeto de cambiar la severa indumentaria de calzón corto e impecable golilla y los trajes de ´´tafetán´´ y deslumbrante cola, por los menos lujosos de disfraz en bellos estilos y relucientes colores. Asegura un relato de aquel año de gracia que el grupo de disfraces que acompañaría a la pareja López y Ladrón de Guevara, se mudó en la casa que hoy pertenece a los señores Conchas, en cuyos vetustos corredores y amplios salones se desenvuelve la trama de una novela terrígena. Del otro lado, el bando que seguiría en su recorrido y en sus peripecias galantes a la pareja Cerezo y Salazar y Rodríguez, cambio de vestido en la casa antes ubicada en la carrera 5 con calle 13 y que por extraña coincidencia también perteneció a una familia Romero, emparentada con la de los Concha.

Ambas residencias se conservaron hasta hace poco casi en el mismo estado que presentaban en el año a que esta crónica se refiere. Dispuesto todo lo necesario para la jornada de alegría y efusión nocturnas de aquel día memorable en los anales de la historia local, las comparsas iniciaron sus respectivos recorridos ya bien entrada la noche, la una por el sector oriental y la otra por el lado occidental, pes debían llenar ciertas formalidades y atenerse al pacto de caballeros estipulado el día anterior. Sobra decir que el recorrido fue largo y penoso por las escuetas y empedradas calles hasta coronar la cima de la colina de El Palatino, en donde debían encontrarse y en donde dejaría oír por todos los ámbitos de la ciudad el grito acostumbrado a las doce en punto de la noche.

Entre tanto todo el pueblo de Cartago – las gentes de alcurnia y las del común- seguía entusiasmado a las comparsas al son de los más variados instrumentos de viento y de cuerdas y de tamboriles y fanfarrias de elaboración casera. Dicen las crónicas de la época, que para la celebración de este que se tornó en acontecimiento sobresaliente, no hubo sacrificio que no se consumara ni esfuerzo que no se realizara. Solicitose la colaboración del Alcalde y Justicia Mayor de la Provincia, autentico representante en estos apartados lares del gobierno soberano de Cundinamarca, con el objeto no solo de que impusiese el orden, sino también que decretase la total iluminación de las calles de la ciudad. En tal virtud y por medio de largo y razonado decreto dispuso que todos los habitantes de Cartago que viviesen en esquina tenían la obligación de encender antorchas de petróleo o lámparas de gas, a fin de facilitar a las comparsas rivales todas las comodidades necesarias, librándolas de las tinieblas de la noche y de los riesgos y sobresaltos que le son inherentes.

Pero ocurrió lo inesperado: la familia Del Portillo, residente en la antigua casona del costado sureste de la plaza principal de la carrera 5ta con calle 11 (hoy Casa de Gobierno), negose a cumplir la orden de la autoridad y, en consecuencia, dejo de encender la antorcha.
Este fue motivo más que suficiente para que fuera sancionada. En cumplimiento del decreto inexorable, se le dio a toda la familia la casa por cárcel y es tradición que al portón principal le fueron puestas cerraduras por fuera, durante quince días y que gentes piadosas y negros descendientes de esclavos, hacían llegar los abastecimientos por medio de cordeles descolgados de la parte alta de la edificación. Este dato es interesante, porque nos pone de manifiesto que tanto en el ayer remoto como hoy y como siempre, ha existido el imperio de la arbitrariedad y de la presunción por encima del sentido de la justicia y de la comprensión.
Expuesto lo anterior que forma parte del acontecimiento al cual nos referimos, debemos agregar que la apuesta de aguinaldos de aquella noche memorable fue ganada por la pareja López y Ladrón de Guevara y que tanto esta como la pareja perdedora, descendieron de la colina de El Palatino en medio de los vítores y de las aclamaciones de la multitud, hasta el centro de la ciudad, en donde se organizaron los más variados festivales a la usanza de aquellos tiempos con derroche de jovial alegría y de hilaridad sin precedentes.

Mas ahí, no pararon las cosas. Don Francisco María de Cerezo, su bella compañera de aventura decembrina y todo su séquito ofrecieron el día 1ro de enero de 1826 un suntuoso baile de gala en los amplios salones y corredores de la casa tradicionalmente denominada de ´´El Virrey´´ en donde se entregaron los obsequios a los ganadores y a los mejores disfraces que formaron el séquito de los que más tarde habrían de ser ilustres y destacados personajes.

En efecto el doctor José Vicente López desempeño el cargo de primer rector del Colegio en el periodo de 1840 a 1842 y en cumplimiento del Decreto del Poder Ejecutivo que estableció y reglamentó el Colegio Nacional de Cartago, promulgado en 1839 por el Dr. José Ignacio de Márquez. Doña María Ladrón de Guevara descendía de una familia de ilustre abolengo y fue en nuestro medio una de las más grandes cultoras de las letras y de la buena poesía. Don Francisco María de Cerezo, de recia estirpe, dicen sus pergaminos fue letrado y gran devoto de la Virgen bajo la advocación del Carmelo lo que lo llevo a construir con dineros de su propio peculio, la antigua iglesia de El Carmen que se levantaba en el mismo sitio que hoy ocupa el bello y artístico santuario del mismo nombre; y doña Josefa Salazar y Rodríguez fue tronco de una familia respetada y respetable que dio a la ciudad y a la patria exponentes humanos de gran renombre en los predios de la inteligencia, la cultura y el civismo y cuyos descendientes residen en distintas ciudades del país.

Fuente: Cartago en la Historia, de Daniel Arturo Gomez ( tomado literalmente).
Nota: Contiene Imágenes alegóricas a los eventos narrados.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

SEBASTIÁN DE MARISANCENA - ALFÉREZ REAL DE CARTAGO

SEBASTIÁN DE MARISANCENA Y MENDINUETA
ALFÉREZ REAL DE CARTAGO
Don Sebastián, nació en Cartago, hijo del español don Tomás de Sancena y Mendinueta, quien contrajo matrimonio en esta misma ciudad el 9 de septiembre de 1743 con doña Juana López de la Parra y Heredia. Por su temperamento así como por su espíritu progresista, podría afirmarse que represento el carácter y el esfuerzo de los hijodalgos de la colonia, dignos herederos de las costumbres de Castilla y de Granada. Las crónicas de la ciudad informan que el matrimonio de don Sebastián se efectuó en Cartago el 18 de agosto de 1783 con doña María Josefa Sanz de San Juan y Vicuña.
A este distinguido caballero le fueron encomendados en su época, trabajos de mucha importancia intelectual. No obstante, las múltiples dificultades de aquellos tiempos, mantuvo permanente contacto con la Sociedad Científica Francesa y correspondencia directa con el gobierno español que lo honró con marcadas manifestaciones de confianza, entre ellas, por mensaje especial le fueron recomendados los sabios varones de Humboldt y Bompland.
CASA MARISANCENA  O CASA DEL VIRREY
A quienes hospedó en su casa; una mansión que se considera como una de las joyas auténticas de la arquitectura colonial en América, par a los castillos y casonas que se levantan en otras ciudades españolas como Cartagena, Popayán, Tunja, etc. Esta antigua casa ha sido el punto de referencia histórica de los cartagüeños y ha constituido la admiración permanente de los turistas nacionales y extranjeros, que frecuentemente la visitan.
Don Sebastián era un hombre enérgico, generoso y emprendedor como pocos, y de espíritu público inimitable. Por su propia cuenta, y sin tener en cuenta las propias erogaciones, acometió la construcción del antiguo ´´Camino del Quindío´´
 
Antiguo Camino del Quindío
que posteriormente fue utilizado como la única vía para conectar con la capital del Nuevo Reino de Granada. Y no solamente esta obra se debió a su espíritu de ciudadano emprendedor: se preocupó notablemente por mejorar las calles y vías centrales, así como por obtener la expedición de las cédulas reales que autorizasen el reparto de los ejidos circunvecinos.
Trabajos de construcción del Camino del Quindío
Aprovechando los beneficios que se le ofrecían con la construcción de la vía a los territorios del Quindío, hizo algunas exploraciones difíciles y adquirió varios terrenos adyacentes al antiguo caserío de chozas pajizas llamado ´´´Furatena´´    y que había sido construido por unos labradores, muchos años antes. En ese sitio preciso y en los terrenos de su propiedad, fundó la población de ´´La Balsa´´ (hoy Alcalá); terrenos que posteriormente donó a este municipio.
Pintura, capilla antiguo caserío San Sebastian de la Balsa
fundado en 1791


Don Sebastián viajó a España durante el reinado de Carlos III, quien, lo ennobleció, lo hizo caballero de Alcantara y lo nombró Alférez Real Perpetuo de Cartago. Le concedió escudo de armas y le dio la facultad de cincelarlo en el portalón que sirve de entrada principal a la mansión donde vivió durante toda su vida. El escudo se haya enmarcado por 14 florones de fina talla, dentro del arco que forman dos columnas de estilo romántico que sostiene un arquitrabe (cornisa, friso o borde) del mismo estilo.


ESCUDO DE ARMAS 
Algunos peritos versados en heráldica, han afirmado que el escudo representa las dignidades de la familia Sancena. En él se ve la cruz de Castilla, unida a seis barras; dos árboles de talla corpulenta; un yelmo y en la parte superior varias iniciales que algunos peritos han puntualizado en la siguiente leyenda: ´´ALFEREZ REAL, SEÑOR DE MAR Y SANCENA´´. 






Otra de las recompensas que recibiera don Sebastián, del Rey, en pago a sus ingentes servicios, fue el privilegio ´´De Cadena´´, la cual consistía en indultar a todo condenado a muerte que al pasar por el portón de su casa, logrará cogerse del ´´aldabón´´ (llamador).


Del 26 de septiembre de 1787 en adelante le fue concedido a don Sebastián, el favor de usar en su apellido, cuatro letras más, pues antes de esa fecha se apellidaba únicamente Sancena. Este es en términos generales la semblanza, de este ilustre cartagüeño que sirvió a su tierra y fue objeto de merecidas y bien ganadas distinciones por sus realizaciones altamente progresistas y por su capacidad de servicio. De él podría decirse además, que fue el intérprete fiel de los bizarros monarcas en estas apartadas regiones y que finco sus esperanzas en el grávido suelo de sus mayores con la misma abnegación.
Don Sebastián de Marisancena y Mendinueta muere en Cartago en 1825.

Fuentes: Libros: Cartago en la Historia, de Daniel Arturo Gómez.
Historia Leyendas y Personajes de Cartago, de Daniel Caicedo Gutiérrez
Casa de la Cultura, municipio de Alcalá.

viernes, 21 de septiembre de 2018

El NADAISTA DE CARTAGO


ALBERTO RODRIGUEZ CIFUENTES
 POETA CARTAGUEÑO
 Nació un 1 de abril de 1939 y murió miércoles 16 de mayo de 1976, hijo de los educadores, Alfonso Rodríguez y Manuela Cifuentes. Su infancia y primera juventud las vivió en Cartago, donde se fraguo su sensibilidad y su particular forma de relacionarse con el mundo. Por razones familiares en 1958 se traslada con su madre y hermanos a la ciudad de Cali, donde estudia la carrera de Derecho. Integro el movimiento Nadaísta e hizo parte del grupo que fundó Ciudad Solar, un lugar de convergencia de los artistas de mediados los años sesentas; Durante su corta vida publico dos libros: ´´Nunca habrá otro silencio´´1967 y ´´Los días como rostros´´ 1973.
Los temas de su poesía son el tiempo, el amor, el desamor, la infancia, el compromiso político de su generación y las diferentes expresiones del arte.
En 1942

En una evocación de la infancia del poeta; su hermano Oscar Rodríguez Cifuentes, recuerda: ´´ Corría el año 1948 y por aquellos días vivíamos en la carrera 7a con Novena, habitábamos en la parte alta de un edificio que se llama ´´Edificio Botero´´, que aún existe. Mi hermano me llevaba 4 años, a él le gustaba mucho la naturaleza, los animales, tenía la costumbre de coleccionar insectos. Cogía mariposas, cucarrones, arañas, escarabajos, libélulas, chicharras…. y las clavaba con alfileres en cajas de cartón. Toda la vida le encanto el tema de los insectos, pero nunca elevo una cometa, nunca hizo bailar un trompo, nunca jugo bolas, nunca practico ningún deporte; desde pequeñito comenzó con la lectura.
EL Kínder lo estudio en la carrera 4 entre calles 13 y 14, unas de sus primeras profesoras fue Adelfa Campo y doña Graciela Abadía. En la mitad de la cuadra doña Graciela tenía su casa y allí mismo funcionaba el kínder, Alberto no duro mucho allí porque había una lora. En una ocasión tumbo un asiento donde la lora era soberana absoluta, casi la mata. La maestra le dijo a mi mama: ´´No señora, se me lleva ese muchachito de aquí´´.
Luego empezó estudios en el Instituto Robledo, al frente de la plazoleta San Francisco. Allí termino la primaria. Los primeros años de bachillerato los estudio en el Liceo Cartago. Alberto tuvo muy buena amistad con don Gonzalo Suarez y don Saúl Rodríguez Bueno; eran los profesores de literatura. Vivía entre libros, todo lo que le llegaba lo leía. Del Liceo Cartago salta al Colegio Nacional Académico, no alcanza a terminar sus estudios en Cartago porque nos tocó emigrar a Cali, el matrimonio de mis padres fracaso y ante la separación, mi madre consigue trabajo de maestra en la capital. Llegamos a Cali en 1958 y terminamos el bachillerato en una institución nocturna.
La literatura fue algo innato en Alberto. Nuestros padres fueron maestros y pusieron en nuestras manos libros adecuados para desarrollar la sensibilidad.
Quebrada El Ortés

La pasión de nosotros era salir a San Jerónimo, Santa Ana, El Enfado y la quebrada El Ortés. Paseábamos y cazábamos con una escopeta hechiza. Le gustaba también la taxidermia, fue un taxidermista empírico. Como nuestras casas eran grandes a él se le asignó un cuarto para que trabajara. Allí tenia culebras en alcohol, tenía iguanas disecadas, pájaros .…; Yo al igual que los otros niños elevaba cometas, jugaba bolas, trompo; salía al campo y pescaba en El Enfado. Alberto aparecía con animales raros; una vez llego con unas ranas del Choco, de esas de colores, negras con rojo y negras con amarillo. Otra vez apareció con un oso hormiguero. Nuestros padres mientras tanto eran pacientes y consentían todas nuestras locuras. A nosotros nos alcahueteaban todo. En realidad, vivimos una infancia muy feliz.
En una evocación al poeta, su amigo, Armando Barona Mesa nos narra: ´´Su madre era maestra en una pequeña escuela privada y su padre era empleado público. Pasamos juntos la primaria; Era precoz casi angustioso en el deseo de bogar como un barquero insaciable el mar de lecturas infinito de la biblioteca del colegio Académico. Ya había leído a los 9 años el ´´Tesoro de la Juventud´´ que eran muchos tomos. Claro que en el colegio era lento, a empujones, pero cumplía. Ninguno de los compañeros - quizás el único que queda vivo es Julio Mendoza Duran- desconocía la inteligencia de Alberto y pasamos al bachillerato juntos en el Académico. Un día Alberto enfermo de fiebres palúdicas, Luego de convalecencia y debilidad se fue reponiendo.; Tendría 10 años. Fue entonces cuando unos días después me presentó en las páginas de su cuaderno, un poema sorprendente: ´´Paraíso de la fiebre´´. Desde ahí se perfiló el poeta. Cargaba una poesía dentro un sentimiento fatal de tristeza, de angustia, de ansiedad y de muerte. Si, la suya fue una poesía triste al estilo de Poe. 


Dirá entonces como un salmo: ´´Los días van pasando como rostros/ o como islas que jamás soñamos/ y somos los Ulises de odiseas/ que nunca cesan de desesperarnos. / Lejos aún la arcilla del silencio/ en el que habremos de encontrarnos/ consultemos en todos los relojes/ la hora del amor y el desengaño´´. 
 Nos volvimos a encontrar en Cali, Habían pasado más de diez años. Me contó que había presenciado el suicidio de un amigo nuestro y compañero de estudios, que se llamaba Cristian Delgado, hijo de un gran patriarca conservador. Y Alberto sintió la marca indeleble del dolor que le dejaba la amarga convicción de la ninguna importancia de la vida o de la muerte, que se fue ahondando más con sus copiosas lecturas de los trágicos de siempre ahogados en la angustia. Quiso entonces ser un poeta maldito como Verlaine o Rimbaud porque nada le calzaba a su ilusión o a sus proyectos que jamás los tuvo. Y se volvió bohemio porque poeta ya lo era en silencio. En la invisibilidad de un sueño derrotado, por esos que deambulan aquellos rostros que veía, como los días sin brillo de la vida. Yo ya era abogado, y el, bajo los rigores de su madre, entro a estudiar derecho en la Santiago de Cali. Pero sus pesadumbres ya lo habían conducido por los caminos del alcohol. ´´Este mirar el vuelo de coleópteros ciegos/ por entre el cielo raso de mis pesadillas/ donde el alcohol es director de orquesta/ en un teatro, para mí, vacío´´. 


Era saber que nunca sería el abogado que de el queríamos. La marca podía más que una voluntad perdida en los caminos sin fin. Dijo entonces: ´´ Es cierto, Tiempo, que no podre vencerte,/ más haré la jugada de escaparme temprano/ por cualquier puerta falsa,/ antes que la vejez venga silbando´´…. Un día tomo alcohol impotable, peor que el absenta de los poetas malditos. Su madre lo vio en la sala revolcándose y no le creyó. Ella entró al interior de la casa y cuando volvió a salir, el bardo estaba inerte sobre la alfombra, los ojos vidriosos y una mueca imborrable que apenas desdibujo su sonrisa de niño.


          

´´Los días como rostros´´           








Fuentes: Revista Cantarrana No.26  Enero de 2018
               Revista Plenilunio  No. 65 mayo de 2017
               Poetas Siglo Veintiuno Blog 
               Escuela de Pensamiento Ambiental. Cartago

               

lunes, 2 de julio de 2018

CARTAGO, EN LAS MEMORIAS DE JOHN HAMILTON POTTER, diplomático inglés que visitó la ciudad en 1824

John Hamilton Potter (1777-1873)
Permaneció en Cartago entre el 9 y 22
de diciembre de 1824
La ciudad de Cartago se halla situada en un risueño y reducido valle limitado al norte por onduladas colinas cubiertas de verdura, que suministra buen pasto para ganados de toda clase. Ocupa una latitud norte de 4º, 36' y su población se calcula en 3.000 habitantes. Cuenta con tres iglesias, una de ellas perteneciente con su convento a los padres franciscanos, donde residen todavía diez de ellos. En invierno el termómetro marca 74º F. (23º C).

La ciudad sufrió grandes daños durante la guerra, debido a su ubicación de encrucijada, pues cuatro caminos convergen allí: el que partiendo hacia el oriente, conduce a la provincia de Mariquita y Bogotá, cruzando antes las montañas del Quindio; el que arrancando hacia el occidente, lleva a las ciudades de Citaria y Nóvita en el Chocó; hacia el sur el que va para Popayán, Pasto y Quito y por último, al norte el que comunica esta provincia con Antioquia.

A la mañana siguiente de nuestra llegada a Cartago recibimos la visita del juez político acompañado del alcalde y otros personajes. Entre ellos se contaba un francés, monsieur de la Roche, quien habiéndose casado con una dama de Cartago, llevaba veinte años de residencia en esta ciudad, donde había tenido numerosa familia. Este señor ocupaba el puesto de administrador de la renta de tabaco cuyo salario, según apuntó "n'était pas grand chose´´.
Gabriel Ambrocio De La Roche
Esposo de Florentina Marisancena
En Cartago no hay médico, pero sería aventurado decidir si la mortalidad aumenta o disminuye por esta circunstancia. Pude ver unos pocos gansos traídos de Cartagena. Una arroba de quina se vende por tres pesos y al exportada a Jamaica, se puede obtener una utilidad del sesenta por ciento.
Antigua técnica de encaje de bolillos

En Cartago se fabrican telas de algodón en pequeña escala con maquinaria muy primitiva y se tejen encajes por el mismo sistema del bolillo que se emplea en Oxford y Buckingham.


A un cuarto de milla de la población corre el río de la Vieja, que nace en la sierra situada al oriente y cuyas aguas son excesivamente frías. Con Mr. Cade nos bañábamos allí todas las mañanas durante nuestra residencia en Cartago. El río es navegable por botes de pequeño calado desde su desembocadura en el Cauca hasta Cartago y en él se pescan el barbudo y el jetudo, los cuales aunque muy semejantes entre sí. Una oveja gorda vale aquí menos de dos pesos.



´´Champán´´ (embarcación). Puerto El Guanábano. Cartago
Hay muchos esclavos negros de ambos sexos; las mujeres se visten con una simple falda azul. Dos o tres de estas negras pidieron a Mr. Cade que las comprara a sus amos; otras dijeron que pensaban comprar su libertad al precio fijado por el Congreso, para luego venderse otra vez, operación que les reportaba una ganancia de cien pesos. Solíamos encontrar grupos de estas esclavas que volvían del río con grandes vasijas de agua en la cabeza, balanceando graciosamente el cuerpo.


Esclavas cargando agua .Imagen alegórica 

Fuimos a visitar a M. de la Roche en su casa, donde nos presentó a su esposa, bonita mujer todavía, no obstante haber tenido numerosa prole. Diez de sus hijos vivían aún con ellos. Vagando después por la ciudad, entramos a una de las iglesias en cuyo recinto vimos unos negros cavando una fosa para sepultar una mulata que acababa de morir y andando hacia el fondo, estuvimos a punto de caer sobre el cadáver que yacía allí en un ataúd descubierto, con dos cirios encendidos en cada extremo.

Se podía conseguir buen pan en Cartago, pues la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Había un carpintero que se valía de clavos hechos de granadillo, árbol cuya madera es sumamente dura y resistente. En mis paseos por las cercanías, tuve ocasión de ver nadando en las quebradas y en los pantanos, patos salvajes, cercetas y becardones.

Cerca de nuestra residencia en una casita muy pulcra, vivían en compañía de su madre cuatro muchachas, quienes a poco de tratarlas vinieron a ser excelentes amigas. Poseían unas pocas fanegadas de tierra donde mantenían dos vacas y todas las mañanas la madre nos enviaba una cantina rebosante de leche fresca. M. de la Roche me dijo que pertenecían a la familia de los Caycedos, una de las más ricas del Valle del Cauca. En una de mis visitas les oí silbar un trío con singular habilidad, fuera de que todas ellas cantaban con primor aires españoles, acompañándose con la guitarra. A estas habilidades añadían la de nadar muy bien; un día las vimos cruzar a nado el río de La Vieja.

Las gentes del pueblo tocan un instrumento que llaman Alfandoke, hecho de madera hueca de un árbol conocido con el nombre de mano de león. Dentro de la caja resonante ponen pepas de una fruta llamada chakera. Al agitar el instrumento las semillas producen un ruido no del todo desagradable, con el cual hacen acompañamiento a las guitarras. La carrasca, que también suelen tocar, hace en cambio, un tremendo ruido en manera alguna melodioso. Se la fabrica con madera de álamo negro, en la cual se cortan varias muescas por un lado. También tocan en Cartago el tiple, que semeja una guitarra pequeña.



Al día siguiente (20 de diciembre) vimos en la plaza central un cortejo fúnebre precedido de flautas y tambores en medio de cohetes y pólvora de artificio disparados por la muchedumbre. Al inquirir la causa de una conducta, al parecer tan absurda, se me explicó que se trataba del entierro de una niña hija del cuñado del juez político y que siempre era causa de público regocijo la muerte de una persona antes de llegar a la edad adulta, pues así disminuía la posibilidad de cometer pecados de los cuales tuviera que dar más tarde cuenta a Dios. Al encontrarme con el padre de la criatura difunta me dijo muy sonriente que su mujer ya había cuidado de llenar el puesto que había quedado vacante.


Antigua costumbre en sepelio de infantes.
 Dibujo de Ramón Torres Méndez. 1852 Biblioteca Nacional de Bogota
No escaseaban los ricos en Cartago. De alguno, muerto hacía muchos meses, supe que había dejado una fortuna que pasaba de los 200.000 pesos. Por estímulo a su esfuerzo sólo tienen el "amor nummi" y el único placer que se dan con sus ganancias es atesorarlas. En la mañana del 22 de diciembre habíamos terminado todos los preparativos y nos aprestábamos ya a partir de Cartago, Luego de despedirnos del juez político, de M. de la Roche y de otros tres caballeros, siendo las nueve de la mañana emprendimos camino hacia las montañas del Quindío, montando nuestras mulas, pues era mi propósito cabalgar hasta donde fuera posible.




Fuente: banrepcultural.org

miércoles, 11 de abril de 2018

MEMORIAS DE CARTAGO Por Édouard François André. Botánico francés, que visitó la ciudad en marzo de 1876


Por fin, dejamos atrás el Quindío, y recorrimos de un galope y en breve tiempo, los tres o cuatro kilómetros que quedaban de camino a través de las praderas cortas del Cauca, para entrar en Cartago, en cuyas calles empedradas con cantos rodados, resonó el día 15 de marzo a las cuatro de la tarde, el choque de los cascos de nuestras cabalgaduras.

 La ciudad de Cartago se halla situada a los 78° 26' 48" de longitud Oeste de Paris y 4° 45' de latitud Norte en una vasta llanura que forma parte del ex
tenso valle del Cauca, y a orillas del rio de la Vieja. Unas lomas de arena cubiertas de verdura alteran el nivel general del valle. El rio de la Vieja corre encajonado entre dos márgenes pobladas de bosque y mide unos cien metros de anchura.


El Cauca dista cinco kilómetros de la ciudad. La antigua Cartago, fundada en 1540 por orden de Robledo y bajo la dirección de Suero de Nava, estaba situada diez y ocho kilómetros más al Norte, a orillas del riachuelo Otún, y sus primeros pobladores, excepción hecha de los indígenas que hubieron de sufrir el yugo de los conquistadores, fueron los restos de la expedición enviada por Vadillo, gobernador de Cartagena.

La traslación de Cartago al sitio que hoy ocupa se llevó a cabo antes de que terminara el siglo de su fundación. Pero los indios del Choco, que se hablan refugiado en las montañas del Oeste, no cesaron de hostilizar a los conquistadores y de presentarles batallas y más batallas que terminaron al cabo con la completa derrota de la población autóctona. En recompensa de la bravura de los habitantes de Cartago, el rey de España dio por armas a la ciudad un escudo adornado con tres coronas y un sol radiante.


Plaza de Bolivar
Durante mi permanencia en Cartago tuve ocasión de verificar veintiocho observaciones barométricas al nivel de la plaza de San Francisco, por la mañana, al mediodía y por la tarde, las cuales me dieron por resultado una altura sobre el mar de novecientos ochenta y nueve metros setenta y tres centímetros y una temperatura media anual de 24,4, cálculos que se aproximan bastante a las cifras consignadas por Boussingault, que son novecientos setenta y nueve metros de altura y 24,5 de temperatura media.

La población de Cartago, incluso su distrito comarcano, es de unos siete mil habitantes según datos de un censo verificado quince años atrás: ignoro si el vecindario ha tenido algún aumento desde entonces, si bien me parece algo dudoso, dada la soledad que se observa en las calles de la ciudad. Las vías, anchas y rectas y con arroyo central, están empedradas en parte con guijarros sacados del cauce del rio de la Vieja: algunas aceras son de ladrillo: la yerba lo invade todo y los jumentos pacen por las plazas en plena libertad.


Plaza de San Francisco
Las casas de tapia y cubiertas con tejado en su mayor parte, tienen un piso que da a la calle Mayor o a la plaza de San Francisco y sus ventanas, según la antigua moda española, están resguardadas por ventrudas rejas, excepto las del piso principal que tienen balcón o mirador. Las demás casas hechas también de adobes encajados en armazones de madera toscamente desbastados, sirven de almacenes alas pulperas o vendedoras de distintos objetos al por menor. Finalmente, se ven también casas claustradas de un solo piso completamente iguales a las moradas aristocráticas de Bogotá que ya llevo descritas. 


Iglesia del Convento de San Francisco
Los edificios públicos son contados: prescindiendo de la Casa de la ciudad, construcción insignificante, situada en la plaza Mayor, merecen consignarse las iglesias del Carmen, de la Matriz, de Nuestra Señora de Guadalupe y especialmente la de San Francisco, la cual formaba parte del antiguo convento de su nombre, edificio que hoy sirve de escuela cantonal. El interior se distingue por su desnudez poco en armonía con el aspecto exterior de la torre cuadrada de tres cuerpos, que no carece de elegancia. Los arrabales de Cartago diseminados por la llanura se hallan surcados de arroyos cenagosos, cuyas orillas aparecen asoladas por el ganado errante. Se ve en las inmediaciones de la ciudad una sucesión de cercados, jardines primitivos y risueños, en el centro de los cuales se levantan cabañas cubiertas con hojas de palma. 


 Vivienda en El Guayabo
Las cercas forman empalizadas de cañas de bambú, entrelazadas horizontalmente entre montantes de dos metros de altura.              La población de esta parte del Cauca es muy mezclada. Ya no se encuentra aquí, como en las provincias del Norte y del Este, la simple mezcla del chapetón (español nacido en Europa) y del godo o criollo con el indígena, cuya descendencia constituye el mestizo de cualidad, orgulloso de sentir correr por sus venas un resto de sangre azul. La raza negra ha penetrado hasta el corazón del país, dejando sus huellas vivamente impresas en la población de las clases medias y pobres. En los matices diversos que esos cruzamientos dejan en la epidermis de los habitantes del Cauca central, no se nota ni por asomo la presencia de los tonos achocolatados o de hollín rojizo que distingue a los indígenas de las regiones que llevamos recorridas, sino que sus variedades se aproximan mucho más a las poblaciones negras y criollas de las Antillas. 


Negro y Mestizo en Cartago,
Provincia del Cauca 1852
La caratea o carate, decoloración parcial o mancha constitucional del cutis observada ya por nosotros en los Llanos de San Martin, reaparece aquí con notable intensidad. Esta afección predomina principalmente en los negros, mulatos y cuarterones, entre los cuales elimina en parte el pigmento negro y presenta con menos frecuencia los tonos azulados, violáceos y amarillentos que, según hemos tenido ocasión de ver, reviste en otras partes del país. 
Otra afección también muy frecuente en muchos puntos de Nueva Granada son las paperas o coto, según el vocablo del país; pero en Cartago no sólo no se conoce esta enfermedad, sino que los enfermos de ella que se trasladan allí sanan rápidamente, atribuyéndose su curación a la virtud especial de las aguas del rio de la Vieja que toman sus cualidades yoduradas sódicas de la salina de Burila, situada a orillas del indicado rio, en la Cordillera oriental. 

Vivíamos en Cartago en casa de Don Francisco Arango Palacios, y vagando un día por los numerosos cuartos de la casa, descubrí un instrumento singular destinado a la cocción rápida del chocolate, llamado allí fuelle antioqueño. 


Fuelle Antioqueño en Cartago
Consiste el tal aparato en una tabla colocada verticalmente, con un agujero en el centro : a un lado se pone el hornillo formado por algunos ladrillos, sobre los cuales se coloca la ollita y algunas ascuas: un tubo de cobre pasa por el orificio de la tabla y desemboca cerca de ese hornillo, comunicándose por el otro extremo con la parte fija del aparato y apoyándose en un doble juego de fuelles que se mueven horizontalmente y en vaivén, con lo cual en el uno se determina la aspiración y en el otro la expulsión del aire por el tubo, y así se aviva el fuego, bastando algunos minutos para desleír el chocolate. 
La vida que llevábamos en Cartago no estaba exenta de actividad. La tarea de embalar las colecciones allegadas en el Quindío, ordenar los apuntes, recoger las muestras mineralógicas y botánicas de la comarca, cazar animales y empajarlos, dibujar y hacer visitas, a duras penas nos daba un momento de descanso. A la salida del sol abríamos la tienda y poníamos manos a la obra: los mozos Ignacio y Timoteo bajaban al rio provistos de grandes calabazas en forma de peras de veinte litros de capacidad a buscar el agua necesaria para lavarnos, o cuando no, la comprábamos a los muchachos del país que montados en un rocín la llevan casi arrastrando en unas largas cañas de bambú, colocadas a ambos costados del jumento. 


Aguadores
El espectáculo que ofrece este sistema de acarreo tan primitivo es a veces muy pintoresco, especialmente cuando los aguadores van en comitiva, pues entonces mientras el uno toca la zampona, y el otro masca un plátano, y el de más allá se pone en pie sobre el lomo de la bestia, no falta quien azuza a la suya haciéndola trotar y excitando a las demás, de suerte, que si se cae una se caen todas las que vienen detrás, formándose un gran montón sobre la charca producida por el agua que se escapa de los bambúes, entre la confusión y el desorden. 


Aguadores y Lavanderas de Cartago
A orillas del rio, al pie de la ciudad y a la sombra de unas ceibas gigantescas reuníase todas las mañanas un considerable número de lavanderas presentando un golpe de vista entretenido y por demás pintoresco. Era aquel un lavadero en su expresión más primitiva. 
Cuando volvía a casa y mientras se disponían los embalajes, pasaba el tiempo dibujando plantas, operación que excitaba en alto grado la curiosidad de los transeúntes. Todos los vagos de la ciudad se paraban frente a la puerta, y poquito a poco fueron entrando en la casa, donde permanecían de pie días enteros contemplando en silencio a unos seres tan raros como nosotros, que habíamos ido allí desde tan lejos, sin otro objeto que secar, dibujar y empaquetar yerbas, insectos y guijarros de su país. Esta curiosidad molesta alguna vez, iba acompañada en otras ocasiones de agasajos y atenciones, no por pequeños menos conmovedores. No había muchacho que diera con una flor hermosa o un insecto brillante que no lo trajera a los caballeros extranjeros: cuando no una culebra, un lagarto, a veces un pájaro matado de una pedrada disparada con la honda o bodoquera, o un kinkajú cogido en el bosque a orillas del rio, mientras estaba atracándose de bayas de madroño. 


Bordadora
Las mujeres de Cartago hacen bonitos bordados multicolores en el tambor, por el estilo de los que tuvimos ocasión de ver 
en Salento. Las camisas de las fiestas, único vestido en uso, abiertas holgadamente sobre el pecho y atadas a la cintura por medio de un sencillo cordón, están adornadas con estos bordados lo propio que las imágenes de los santos y los ornamentos sacerdotales. Cierta mañana vino a visitarme una vecina en compañía de su hija, una linda morenita de catorce abriles, autora de unos dibujos muy cándidos, pero que revelaban cierto sentimiento del color. Aquella buena mujer vino a pedirme que diera algunas lecciones de acuarela a su hija, preguntándome con voz un tanto temblona, cuánto le llevaría por ello. Sin duda calcularla que, puesto que vivía en una tienda, debía hacerlo para vender mis géneros, pues recuerdo que a la negativa que hube de darle, se mostró muy contrariada, no apareciendo la sonrisa en sus labios, sino después que le hube regalado algunos colorines de Europa. 
Habian trascurrido ya nueve días desde nuestra llegada a Cartago: las mulas estaban repuestas, o a lo menos en disposición de llegar hasta Cali, por poco que encontráramos el camino firme, por lo que el día 25 de marzo, a las nueve y media de la mañana, nos despedíamos de nuestros amigos los cartageneros de América, y enderezábamos nuestros pasos hacia el Sur. 

El camino de Cartago a Cali sigue por la orilla derecha del Cauca a algunos kilómetros del cauce del rio, envuelto entre las yerbas de la pradera y por tanto fuera del alcance de la vista. Las colinas, tras de las cuales se desliza el rio de la Vieja, muy cercanas en un principio, se van quedando atrás, a medida que el terreno se eleva, hacia la sierra de Calarma, uno de los contrafuertes de la Cordillera central, en cuyos repliegues abriga la salina de Burila. 
En un principio el suelo arenoso y permeable es muy firme para andar, de modo que daba gusto ver a la caravana desfilar alegremente, con los arrieros que hacían chasquear el látigo, yendo de mula en mula, enderezando la carga de unas, en otras ajustando un rejo, ora cogiendo una hoja de plátano para resguardar del sol el kinkajú, llamado por ellos Pedro, en memoria de cierto negro de Cartago, y prorrumpiendo a la vez en cantos, votos y carcajadas, llenos de ardor y de buena voluntad. 


Fabriacion de la Cabuya
En Venta quemada, cerca de una cabaña de bambúes que domina la loma y junto a una caña fístula (cassia) cubierta de vainas negras, algunos indígenas fabricaban cuerda (cabuya). La cabuya se hace con la hilaza de una Furcraea ("Furcraea longaeva") que abunda en las zonas cálido-templadas, y a veces también con las fibras de las pitas de diversas especies. Machacadas las hojas, separan la hilaza golpeándola sobre un peine de hierro clavado en un pie de palo. Luego las lavan, las ponen a blanquear al sereno y las atan en haces para ser torcidas. Esta última operación es la que practicaban dos hombres, cerca de los cuales me detuve un rato, y en verdad que no puede darse nada más primitivo. El primero llevaba la pita arrollada a la cintura e iba hilándola a reculones, mientras que el segundo, después de hacerla pasar por la horquilla de un poste caballete, la torcía por medio de una pequeña hilera o raqueta, llamada allí carretilla, á la cual imprimía un rápido movimiento rotatorio, que en cierto modo reemplazaba la rotación del torno de nuestros cordeleros. 


A continuación franqueamos sin el menor contratiempo las quebradas de Zaragoza, las Piedras, Peladillo y la Mena. 







Fuente del relato e imágenes: Libro ´´Viaje a la América Equinoccial, de Édouard François André.


Fuente del relato e Imágenes: Libro ´´Viaje a la América Equinoccial, de Édouard François André

viernes, 19 de enero de 2018

EL BOICOT DE LA LUZ EN 1920. CARTAGO


En la semioscuridad de la luna vivía Cartago en 1920, pues el servicio de alumbrado aún se tenía por medio de faroles de petróleo, que se encendían a las 7 de la noche.

Hasta que en ese entonces, Pereira, que contaba con una planta de energía de 200 kilovatios, firmó un contrato con la ciudad de Cartago para suministrarle energía a 

500 casas y 200 lámparas para sus calles.

Cuentan que se trataba de unos alambres y unas crucetas, que se encargaban de transportar fuerza eléctrica, pero sucedió que Cartago se quedó a oscuras y Pereira en tinieblas, porque su planta eléctrica tenía que sacar ´´fuerzas de sus propias fuerzas´´ para producir reflejos en las dos ciudades.




Era tan malo el ´´alumbrado´´, que tenía más lumbre una paila de cobre. Pero un día los cartagueños inconformes con la escasez de alumbrado, resolvieron emprenderla contra Pereira, porque la única fuerza que les proporcionaba era la de tener que pagar el arrendamiento puntualmente.



Alguien comento en ese entonces: ´´Lo que Pereira nos arrienda no es ´´fuerza´´ sino ´´esfuerzo´´ y este comentario se propago de boca en boca hasta producir una marejada de protesta.

Un día el negro Evaristo, personaje emblema revolucionario, dentro de la tranquilidad cartagueña, se reunió con un grupo de amigos y resolvió estallar la huelga general y armado de una descomunal palanca de guadua, se lanzó a la calle rompiendo bombillos, quebrando pantallas y produciendo un ruido infernal, lo que encendió la chispa revolucionaria y en menos de una hora el pueblo amotinado reventaba alambres, tumbaba postes, desatornillaba aisladores.
Los jóvenes lanzaban piedras al aire buscando que se estrellaran contra los bombillos, peor no lo lograban porque la luz era tan mala que había que buscarlos a tientas para desgajarlos a golpes. 


Esa noche parecía el juicio final y ´´Abajo la Luz´´ era el grito de los manifestantes. ´´Copaiba´´ un amigo del negro Evaristo, se encontraba refocilando el intestino grueso de un hartazgo de ´´cucas´´, en la tienda de misia Luz, popularmente conocida por los magníficos ´´pandebonos y masato´´ que allí se vendía. Al oír Copaiba el griterío que vociferaba en la calle: ´´abajo la luz´´ creyó que se trataba de una huelga estudiantil que iba a saquear las reservas de pandequeso, almacenadas en la tienda de misia Luz y plantándose en la puerta desenfundo su prehistórico machetico, protestando para impedir que se tomaran la fortaleza de pandebono de la tienda de misia Luz.

Trabajo costo al negro Evaristo convencerlo de la pacifica intención de los manifestantes y hacerlo tomar parte en la pelotera. Estando ya calmados, Evaristo en compañía de Copaiba y Nariño, otro de sus amigos; se dirigieron hasta la oficina de telégrafos 
Imagen editada


 y enviaron este télex: ´´Señores de la luz. Pereira. Manden por sus bombillos para que los carguen con cocuyos vivos. Los alambres los pueden utilizar para argollas de marranos. Copaiba, Evaristo y Nariño´´.





Fuente del relato: Remembranzas de Cartago, de Cesar Martinez Delgado
Imágenes alegóricas al relato, tomadas de sitios web.